Un Cuento de verano “La gata Rosita”

Un Cuento de verano “La gata Rosita”

Aquella gata estaba tumbada junto a aquella pared de cemento oscurecido con aceite y paredes de cal que había recibido el sol durante toda la tarde, cerca de una aljibe que hacía una especie de esquina. Acababa de caer la noche, y todavía se sentía en ella la calidez de aquellas tardes de julio, allí el gato se sentía tranquilo, no observado, a la vez que de frente le quedaba aquel tejado por el que desfilaban los gatos a la luz de las estrellas de verano. No estaba ni muy cerca ni muy lejos de aquella puerta que solo se abría para escupir y tragar humanos, que los transformaban de personas en sonidos.

En aquel temprano anochecido veraniego de mi infancia, armado cual valeroso hidalgo con un bocadillo de tomate con queso, que comenzó a gustarme desde que vi a mi primo devorarlos con soltura al tirar la bolsa del fútbol, me tire a la pared como aquella gata, apoyado a la pared, ni muy cerca de la puerta ni muy cerca de la gata con un vaso de aquella leche que se vendía en bolsa.

Estaba haciendo algo que yo no había visto nunca, estaba tumbada sobre el suelo con las patas bien estiradas, levantó la cabeza, me miró y se reclinó un poco, debajo de una de sus patas tenía atrapado un pequeño ratón. El ratón apenas se movía entre el espacio que quedaba entre sus patas, la gata comenzó a tocarlo, el ratón no se movía, volvió a apoyar su cabeza contra el ese viejo suelo de cemento lucido y peinado, el asustado ratón en un impulso mas mental que muscular se dispuso a correr, apenas llevaba medio palmo cuando aquella zarpa con las uñas semi sacadas le volvió a coger y arrastrar mas cerca de aquella gata con un color blanco como aquellas sabanas de seda blanco marfil que eran lavadas a mano en una tabla oscura de madera con esa lejía que mas que blanquear amarilleaba las prendas con un limpio blanco que hoy escasea.

En casa de mi abuela todas las gatas se llamaban rosita, pero para mí esa fue siempre la primera y la única rosita, la que me enseño que una gata tiene uñas cuando se le coge sin preguntar.

Rosita levanto suavemente la zarpa y la vez que guardaba un poco mas las uñas, y aquel diminuto ratón intento correr arrastrando la zarpa tras de sí. Apenas un escaso centímetro. Tan blanca como era ella de un salto se reincorporó, y levantando su mano, le liberó de aquella prisión. Aquel ratón de campo comenzó a correr, de un lado a otro, una zarpa por la izquierda, corría a la derecha y le caía la zarpa derecha, todo esto ocurría en medio metro, en el espacio de un chotis solitario y tres muerdos de aquel bocadillo de pan tan blanco que hacían los “Hermanos Periquillo”donde con tres panaderías el pan siempre sabían igual.

El ratón se negó a seguir aquel juego, rosita lo zarandeaba y el se quedaba, asustado, dolorido y cansado, comenzó a quedarse valiente y discretamente inmóvil, ya no corría, andaba, entendió que ya no era posible escapar, la gata se volvió a tumbar, paso poco mas de un minuto con rosita tumbada, y el ratoncillo frente a ella, mirándole inmóvil, cansado del juego, dolorido, volvió a intentar marcharse esta vez despacio. Rosita lo miro y decepcionada atravesó su cuello, cuando vio que no se movía, dejó allí su cuerpo inerte, y se acercó a mí, al llegarle a la nariz el olor de aquel bocadillo.

Aquella noche de verano, me pregunte al ver el inerte cuerpo de si la crueldad es cosa de hombres o animales, o si es simplemente un juego con el que nos entretenemos. Si el sufrimiento, no es tal, cuando no somos nosotros quien lo padecemos, y hasta que punto merecemos hacer lo que hacemos.

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